Los sistemas familiares resultan vitales para el desarrollo de todo ser humano, adquirir una funcionalidad en el sistema se vuelve un gran apoyo para el normal desarrollo de los hijos en cada familia. La familia cumple un rol central en el proceso de construcción de identidad y de desarrollo psicosocial de todos sus miembros, especialmente en los niños y niñas. Cuando los sistemas familiares se alejan de esta funcionalidad y los padres no cumplen con su rol principal, que es brindar protección, cuidado y satisfacción de necesidades básicas a los niños, aparece la negligencia parental como fenómeno, siendo esta una de las formas más recurrentes de violencia infantil.

Martínez (1997) citado por Saavedra (2014:26) define negligencia como: “Una condición en la cual una figura cuidadora que es responsable del niño(a), ya sea deliberadamente o por desatención, permite que el niño experimente sufrimiento evitable o falla en proveer uno o más de los ingredientes esenciales para el desarrollo de las capacidades físicas, intelectuales y emocionales de la persona”.

Por otra parte, entendiendo que en la mayoría de los casos las negligencias o experiencias abusivas ocurren dentro del hogar o círculo familiar en el cual se desarrolla el niño/a, Barudy (1998) citado por Saavedra (2014:28) propone el termino de familia negligente como: “La familia negligente corresponde a un sistema donde los adultos, especialmente los padres, presentan de una manera permanente comportamientos que se expresan por una omisión o una insuficiencia de cuidados a los niños que tienen a cargo”.

Las experiencias abusivas son amplias en nuestra sociedad, los cuales pueden ser conformados por actos de comisión y omisión, por parte de los responsables primarios o cuidadores hacia sus hijos, las formas más comunes de maltrato como bien se menciona antes suceden al interior de la familia, los cuales podrían traer consecuencias negativas en nuestros niños/as o arrastrar problemáticas a futuro en los mismos.

Según Cantón y Cortés (1990:4) existen diferentes formas de maltratos a las que los niños/as, jóvenes pueden estar sometidos las cuales son definidas como:

  • Maltrato físico: Acción intencional que provoque daño físico o enfermedad al niño/a. (moretones, golpes, quemaduras, etc.)
  • Abandono físico: Las necesidades básicas del niño/a no son atendidas por ninguna persona que convive con él. (Poca higiene, hambre, falta de controles médicos, desabrigo, etc.)
  • Maltrato emocional: Agresiones verbales en forma de insulto, burla, desprecio, amenazada y negativa a iniciativas de interacción infantil por parte de cualquier miembro adulto del grupo familiar.
  • Abandono emocional: Se produce cuando el adulto ignora las señales del niño/a, se presenta una falta de interacción y contacto por parte de la figura adulta responsable. (llanto, sonrisas, etc.)
  • Abuso sexual: Todo contacto sexual a un niño/a menor de 18 años por parte de un adulto desde una posición de poder sobre él.
  • Explotación laboral o mendicidad: Obligatoria realización de trabajos de manera excesiva por parte del niño, y que deberían ser realizaos por adultos, y que muchas veces tienen como único fin un beneficio económico para sus tutores.
  • Corrupción: Conductas que impiden que el niño/a se integre normalmente y refuerzan la conducta antisocial y desviada, sobre todo con respecto a la agresividad, sexualidad, drogas y alcohol.

Es por ello que en Chile, se han creado programas y servicios en estricto beneficio de los niños/as, buscando aportar soluciones y ayuda a diferentes problemáticas en los cuales se encuentren inmersos.

El maltrato no siempre es “visible” en algunos casos porque puede ejercerse sin dejar huellas físicas en el cuerpo; en otros, porque la víctima está sometida al silencio, y la violencia es ejercida en la intimidad de la vida familiar.

Sin embargo, aún en los casos en los que no pone en peligro la vida de los niños, niñas o adolescentes, tanto el maltrato en cualquiera de sus formas, como la negligencia o el abandono son gravemente dañinos por el dolor que provocan y por los efectos que dejan en el desarrollo intelectual, social y emocional de quienes lo padecen o han padecido.

Dentro de las líneas de Atención del CAVI se encuentra la atención a niños/as ya adolescentes que han sido víctimas de delitos sexuales.

Según Carrasco (2012:165): “Nuestras cifras como CAVI revelan que un 44% de las víctimas de un delito sexual ha sido victimizado por un familiar, en un 80% corresponde a familiares directos: en un 41% padres biológicos, un 18% padrastros, un 23% tíos, abuelos, hermanos, primos y en un 13,7% lo componen conocidos y amigos no familiares”.

Durante la infancia media entre 6 y 11 años aproximadamente, las víctimas de abusos sexuales presentan problemas internos (depresión) y externos (agresión y desordenes del comportamiento) de conducta. Como en el caso de las victimas de preescolar, el abuso sexual durante esta etapa se ha relacionado con la conducta sexualizada e incluso con el inicio de actividades sexuales. Otros síntomas frecuentes en los escolares víctimas de abuso sexual son miedos, pesadillas, neurosis, baja autoestima, hiperactividad, efectos en el funcionamiento cognitivo y problemas escolares.

Existe un importante cuerpo de investigación en curso sobre las consecuencias del abuso y la negligencia de menores. Los efectos varían dependiendo de las circunstancias del abuso o la negligencia, las características personales del niño y su entorno. Las consecuencias pueden ser leves o severas. Pueden desaparecer al poco tiempo o durar toda la vida. Además de afectar al niño física y psicológicamente, estas consecuencias pueden afectar su comportamiento o manifestarse en combinación. A fin de cuentas, el abuso y la negligencia de menores generan altos costos para las entidades públicas como los sistemas de salud, servicios humanos y escolares, y su impacto no solo afecta a los niños y las familias, sino a la sociedad en general. Por lo tanto, es importante que las comunidades puedan ofrecer un marco de estrategias y servicios de prevención antes de que el abuso y la negligencia ocurran y que estén preparadas para ofrecer remedios y tratamiento cuando sea necesario.

El bienestar en el desarrollo de los niños y niñas, es resultado de una serie de factores que tienen que ver con aspectos individuales, familiares y también sociales, respecto de esto último la comunidad debe ser capaz de poner recursos comunitarios que vayan en función de un desarrollo integral de los niños y niñas, de esta comunidad.

El bienestar infantil está directamente relacionado con los buenos tratos que los niños y niñas reciban; esto a su vez es producto de la existencia de competencias parentales, las cuales se ven representadas en las respuestas adecuadas que los adultos entreguen ante la satisfacción de las necesidades de los niños.

Para que se produzca lo antes mencionado, además deben existir recursos comunitarios que vayan en función de satisfacer las necesidades de los adultos y de los niños.

En tal sentido, el CAVI Coyhaique ha ido desarrollando prácticas de atención al quehacer cotidiano de sus profesionales. Según Carrasco (2012:164): “La dupla psicosocial ha implementado un sistema de atención organizada. De este modo, la psicóloga atiende a niños/as víctimas de delitos sexuales con una línea terapéutica tendiente a la reparación del daño emocional asociado a la experiencia abusiva, línea que ciertamente cuenta con respaldo y modelos teorices, propios de la psicología que han sido bastante desarrolladas; no obstante, la intervención en el plano familiar para niños que han sido victimizados sea dentro de sus familias como fuera de ellas, se encuentra menos desarrollado y menos aun en el ámbito del trabajo social”. A pesar del apoyo brindado falta crear vínculos o conexiones que permitan una intervención integral como lo podría ser el comienzo de apoyo psicopedagógico para la realización de intervenciones para estos niños/as víctimas de delitos violentos.

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